Logos / Año LIV / Número 146 / ene-jun 2026 / pp. 15-33
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A cincuenta años de Liberación animal: balance crítico de sus
aportes y desafíos actuales
Fifty years of Animal liberation: a critical assessment of its
contributions and current challenges
Anel Jatsive Mendoza Minor
Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación
ORCID: 0009-0006-5816-3509
Resumen
Este artículo examina la propuesta ética de Liberación animal, de Peter Singer.
Si bien la obra representa un parteaguas en la ética contemporánea respec
to a los animales no humanos, se sostiene que su marco utilitarista resulta li
mitado para comprender la dimensión estructural del daño que estos sufren
desde el capitalismo. Se argumenta que el concepto de especismo corre el ries
go de reducir el problema a actitudes individuales. Por ello, el artículo propo
ne recuperar la categoría forma-valor para analizar cómo los cuerpos animales
son subsumidos bajo la lógica del valor de cambio y convertidos en mercancía.
Desde esta perspectiva, se plantea la necesidad de una ética crítica orientada
a la transformación de las condiciones estructurales que normalizan el some
timiento animal en el régimen de acumulación capitalista.
Abstract
This article examines Peter Singer’s ethical proposal in Animal liberation. While
the work represents a watershed moment in contemporary ethics regarding
non-human animals, it is argued that its utilitarian framework is limited in cap
turing the structural dimension of the harm these beings suffer under capital
ism. The article contends that the concept of speciesism risks reducing the issue
to individual attitudes. It proposes to recover the category of form-value as a
tool to analyze how animal bodies are subsumed under the logic of exchange
value and turned into commodities. From this perspective, the article argues
for the need for a critical ethics aimed at transforming the structural conditions
that normalize animal subjugation within the capitalist regime of accumulation.
Palabras clave
Ética animal, Peter Singer, especismo, forma-valor, régimen de acumulación
capitalista.
A cincuenta años de Liberación animal / Anel Jatsive Mendoza Minor
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Keywords Animal ethics, Peter Singer, speciesism, value-form, capitalist ac
cumulation regime.
Fecha de recepción: agosto 2025
Fecha de aceptación: noviembre 2025
Introducción
Publicada en 1975, la obra Liberación animal, de Peter Singer,1 constituye un
punto de inflexión en el desarrollo de la ética contemporánea, especialmente
en lo que respecta a la consideración moral de los animales no humanos. Aun
que no recurre a un lenguaje técnico, el texto mantiene un notable rigor filo
sófico, lo que permite una aproximación clara y accesible a los fundamentos
normativos del enfoque utilitarista que lo sustenta. Dicho enfoque hunde sus
raíces en la tradición inaugurada por Jeremy Bentham, a quien Singer recupera
de manera central al recordar que la cuestión relevante no es si los animales pue
den razonar o hablar, sino si pueden sufrir: “¿Es la facultad de la razón, o acaso la
facultad del discurso? […] No debemos preguntarnos: ¿pueden razonar?, ni tam
poco: ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir?”.2 Esta formulación ha sido amplia
mente retomada en la reflexión contemporánea; por ejemplo, Jacques Derrida
subraya que la pregunta benthamiana desarma la frontera ontológica entre
“el hombre” y “el animal”, al desplazar el criterio moral hacia la vulnerabili
dad compartida del sufrimiento.3
Del mismo modo, Oscar Horta ha desarrollado una defensa sistemática
de la consideración moral de los animales a partir de la centralidad del su
frimiento y de los daños que lo producen.4 Diversos autores han reconocido
también la relevancia moral del sufrimiento animal desde enfoques no ne
cesariamente utilitaristas, como Ursula Wolf,5 Marc Bekoff y Jessica Pierce,6
quienes subrayan —desde perspectivas filosóficas, científicas y relacionales—
1 Peter Albert David Singer es un filósofo australiano, profesor de Bioética en la Universidad de
Princeton, reconocido por su obra Liberación animal, de 1975, quien marcó un hito en la ética
contemporánea respecto al trato a los animales no humanos.
2 Jeremy Bentham, citado en Peter Singer, Liberación animal: El clásico definitivo del movimiento animalis
ta (Madrid: Trotta, 1999), 43 (cursivas en el original).
3 Jacques Derrida, El animal que luego estoy si(gui)endo (Madrid: Trotta, 2008).
4 Oscar Horta, Un paso adelante en defensa de los animales (Madrid: Plaza y Valdés, 2017).
5 Ursula Wolf, Ética de la relación entre humanos y animales (Madrid: Plaza y Valdés, 2014).
6 Marc Bekoff y Jessica Pierce, Agenda para la cuestión animal: Libertad, compasión y coexistencia en
la era humana (Madrid: Akal, 2017).
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que la capacidad de padecer constituye un elemento ineludible en cualquier
consideración ética sobre los animales no humanos.
En este marco, el sufrimiento aparece no solo como un criterio moral rele
vante, sino como la base desde la que Singer formula un principio normativo
más amplio. Desde el capítulo inicial, el autor establece con precisión los prin
cipios éticos que orientan su crítica al especismo, ya que introduce el principio
de igual consideración de intereses como eje articulador de su propuesta moral.
Dicho principio ha operado como el núcleo de su planteamiento ético y se ha
consolidado como una de las principales referencias en el pensamiento moral
contemporáneo sobre los animales. De hecho, su valía filosófica está fuera de
toda duda, ya que se ha acreditado como un especialista en ética.7 Su influen
cia se extiende a múltiples corrientes filosóficas, ya sea en forma de continui
dad, reformulación o crítica, y ha sido central para visibilizar el problema de
la exclusión moral de los animales no humanos. En ese sentido, Liberación ani
mal ha sido clave para abrir el campo de la ética animal en el debate filosófico.
Por lo anterior, el presente artículo tiene como objetivo examinar las im
plicaciones filosóficas y prácticas de los principales argumentos expuestos en
Liberación animal. Asimismo, busca recuperar algunos planteamientos que
han abordado la cuestión animal desde horizontes éticos distintos al propues
to por Singer, como las perspectivas deontológicas o aquellas que, sin dejar de
reconocer la importancia del sufrimiento, intentan superar su propuesta. A
partir de este recorrido, se sostiene que la propuesta ética de Singer represen
ta una aportación relevante para repensar el vínculo moral entre los seres hu
manos y los animales no humanos.
Sin embargo, se considera que la categoría de especismo resulta insuficiente
para explicar la dimensión estructural del daño que sufren los animales. Al cen
trarse en la discriminación basada en la especie, el término corre el riesgo de re
ducir el problema a una cuestión de actitudes morales o sesgos individuales, sin
atender a las condiciones materiales, económicas y sociales que producen siste
máticamente ese daño. En otras palabras, la crítica al especismo no permite com
prender que el sufrimiento animal no es un efecto colateral ni una falla ética,
sino un componente funcional del régimen de acumulación capitalista.8
7 Peter Singer (ed.), Compendio de ética (Madrid: Alianza, 1995). Véase: Peter Singer, Hegel: A very
short introduction (Oxford: Oxford University Press, 1983).
8 Si bien algunos desarrollos marxistas recientes han intentado articular la categoría especismo
para abordar la cuestión animal —entre ellos la propuesta de Sergio Chaparro Arenas, quien
distingue entre posiciones marxistas especistas, antiespecistas y no especistas—, su proceden
cia liberal-moral y su anclaje en el lenguaje de la discriminación limitan su alcance explicativo.
Desde una lectura materialista-histórica, la explotación animal no deriva de prejuicios de es
pecie, sino de relaciones sociales de producción que supeditan la vida animal a la lógica del valor de
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Por ello, este trabajo se propone desplazar el análisis del plano moral al es
tructural, examinando cómo el daño infligido a los animales debe ser entendi
do dentro de la lógica del valor de cambio. A través del recurso hermenéutico
de la forma-valor, se busca ofrecer una lectura crítica, que no se limite a co
rregir actitudes individuales, sino que interrogue las condiciones históricas y
económicas que hacen del sufrimiento animal una necesidad operativa del ca
pital. Únicamente desde esta perspectiva puede emerger una ética con verda
dero potencial crítico, capaz de cuestionar no solo el trato hacia los animales,
sino la forma social que convierte la vida en mercancía.
El especismo como prejuicio moral
En el primer capítulo de Liberación animal, Peter Singer desarrolla los funda
mentos éticos del principio de igualdad, y lo extiende más allá de la especie
humana. El argumento central reside en que el principio moral de igualdad
no exige necesariamente un trato idéntico, sino una misma consideración de
intereses. Singer afirma: “El principio básico de la igualdad no exige un trata
miento igual o idéntico, sino una misma consideración. Considerar de la misma
manera a seres diferentes puede llevar a diferentes tratamientos y derechos”.9
De acuerdo con el autor, esta formulación se basa en la noción de igual
consideración de intereses, clave para el enfoque utilitarista que sustenta su
propuesta ética. El presupuesto fundamental es el siguiente: “El dolor y el su
frimiento son malos en sí mismos y deben evitarse o minimizarse, al margen
de la raza, el sexo o la especie del ser que sufre. El dolor se mide por su inten
sidad y duración, y los dolores de una misma intensidad y duración son tan
nocivos para los humanos como para los animales”.10 No se trata de deberes y
derechos que, por lo menos, prohíban el maltrato a los animales, sino de hacer
extensivo el principio de igualdad, nacido en la modernidad capitalista, a los se
res vivos capaces de sentir dolor y placer.
Para ilustrar su razonamiento, el autor retoma un ejemplo histórico signi
ficativo: las reacciones suscitadas ante las primeras demandas del movimien
to feminista. En particular, alude a la publicación de A vindication of the rights
of woman de 1792, de Mary Wollstonecraft, obra emblemática del pensamiento
cambio. En este sentido, el marxismo ofrece categorías mucho más potentes para explicar por
qué los animales son sistemáticamente utilizados, sin necesidad de recurrir a un término que,
más que iluminar, tiende a moralizar y a oscurecer las determinaciones materiales de su ex
plotación. Véase: Sergio Chaparro Arenas, “El proyecto socialista ante la cuestión de las espe
cies y el especismo: Tres posiciones en debate civilizatorio”, Revista Latinoamericana de Estudios
Críticos Animales 10, n.o 1 (2023).
9 Peter Singer, Liberación animal… (Madrid: Trotta, 1999), 38.
10 Ibíd., 53.
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19
ilustrado y de la lucha por la igualdad de género. Esta obra fue objeto de bur
las por parte de ciertos sectores ilustrados, entre ellos Thomas Taylor, filósofo
neoplatónico inglés, quien respondió en ese mismo año con un panfleto satíri
co titulado A vindication of the rights of brutes.
El texto de Taylor buscaba ridiculizar los planteamientos de Wollsto
necraft mediante una reductio ad absurdum: si sus argumentos a favor de la
igualdad entre hombres y mujeres eran válidos, entonces deberían extender
se lógicamente a los animales no humanos, lo que, según Taylor, evidenciaría
lo absurdo del argumento. Sin embargo, esta crítica irónica fue retomada por
Singer para destacar la validez de dicha extensión. Es decir, lo que Taylor pro
ponía como una refutación de la igualdad entre los sexos, Singer lo adopta co
mo punto de partida para plantear la necesidad de un reconocimiento ético
más amplio que incluya a los animales como sujetos de consideración moral.
A partir de esta reflexión, el autor introduce en su obra el vocablo especismo;
no obstante, quien acuñó este término fue el psicólogo Richard Ryder en un
panfleto difundido por Oxford en 1970.11
Posteriormente, Ryder profundizó en estas ideas al describir las prácticas
habituales de la experimentación animal en el capítulo “Experiments on ani
mals” en Animals, men and morals,12 publicado en 1971, así como en Victims of
science: The use of animals in research, donde desarrolló de manera explícita su
crítica a la discriminación basada en la especie. En este marco, Ryder carac
teriza el especismo como una forma de prejuicio moral comparable con el ra
cismo o el sexismo, al basarse en las diferencias aparentes para justificar la
exclusión de los intereses de quienes pertenecen a otras especies.13
Retomando esta línea conceptual, Singer define el especismo como “un prejui
cio o [una] actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de nuestra
propia especie y en contra de los de otras”.14 Esta forma de discriminación opera
de manera análoga al racismo y al sexismo, al negar una consideración equitati
va a quienes no pertenecen al grupo dominante, en este caso, la especie huma
na. Para el autor, el especismo no se fundamenta en una diferencia moralmente
relevante, sino en un privilegio arbitrario de especie que impide reconocer el
sufrimiento y los intereses de los animales no humanos.
11 Richard D. Ryder, “Speciesism again: The original leaflet”, Critical Society 2: (2010).
12 Richard D. Ryder, “Experiments on animals”, en Animals, men and morals, ed. por Stanley God
lovitch, Roslind Godlovitch y John Harris (Nueva York: Taplinger, 1972).
13 Richard D. Ryder, Victims of science: The use of animals in research, 1983, citado en Fabiola Leyton,
Los animales en la bioética: Tensión en las fronteras del antropocentrismo (Barcelona: Herder, 2019),
46-47.
14 Peter Singer, Liberación animal…, 42.
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En coherencia con los ideales ilustrados de justicia, sustentantes del re
chazo al sexismo y al racismo, Singer sostiene que, si rechazamos tratar in
justamente a las personas por motivos de género o raza, también deberíamos
rechazar el especismo. Es decir, si consideramos moralmente inadmisible discri
minar a un individuo por ser mujer o por tener un color de piel determinado,
no hay justificación éticamente fundamentada para discriminar a un ser vi
vo por no pertenecer a la especie Homo sapiens; sobre todo cuando tiene la ca
pacidad de experimentar dolor, placer, miedo o frustración. En caso de que no
se tome en cuenta, se incurre irremediablemente en una conducta especista.
Esta propuesta ética pretende desafiar al antropocentrismo moral al cuestionar
la centralidad del ser humano como único sujeto de derechos e intereses moral
mente válidos. En lugar de basar el reconocimiento moral en características, como
la racionalidad, el lenguaje o la pertenencia a una comunidad política, Singer pro
pone que el criterio relevante debe ser la sintiencia, es decir, la capacidad de tener
experiencias placenteras o dolorosas. Esta es, según el autor, la condición mínima
necesaria para que un ser merezca que se le considere moralmente.
De acuerdo con los argumentos del autor, aceptar esta premisa implicaría re
pensar nuestras relaciones con los demás animales, por ejemplo, nuestras prác
ticas alimentarias, experimentales, recreativas y culturales, así como el marco
jurídico y ético que las respalda. Del mismo modo que el feminismo y el antirra
cismo han transformado estructuras de dominación históricas, el antiespecismo
plantea una transformación ética que busca desmantelar una forma de violencia
sistemática basada en la especie.
Si un ser sufre, no puede haber justificación moral alguna para negarse a tener en
cuenta ese sufrimiento. Al margen de la naturaleza del ser, el principio de igualdad
exige que —en la medida en que se puedan hacer comparaciones grosso modo— su
sufrimiento cuenta tanto como el mismo sufrimiento de cualquier otro ser. Cuan
do un ser carece de la capacidad de sufrir, o de disfrutar o ser feliz, no hay nada que
tener en cuenta. Por tanto, el único límite defendible a la hora de preocuparnos por
los intereses de los demás es el de la sensibilidad.15
No obstante, este es apenas el punto de partida de su planteamiento, pues
la propuesta de Singer no se limita a una afirmación abstracta del sufrimien
to como criterio ético, sino que se inscribe dentro de una ética utilitarista de
corte preferencialista, cuya formulación presenta en Ética práctica.16 Desde es
15 Peter Singer, Liberación animal…, 44-45.
16 Peter Singer, Ética práctica (Madrid: Akal, 1995).
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ta perspectiva, las consecuencias de las acciones deben evaluarse en función
de la maximización del bienestar y la minimización del sufrimiento total,
ponderando las preferencias de todos los seres sintientes involucrados:
Supongamos que empiezo a pensar éticamente, hasta el punto de reconocer que
mis propios intereses no pueden contar más, simplemente porque son los míos,
que los intereses de los demás. Ahora, en lugar de mis propios intereses, tengo que
tener en cuenta los intereses de todas aquellas personas afectadas por mi decisión,
lo que me exige sopesar todos estos intereses y adoptar la forma de actuar que con
mayor probabilidad maximice los intereses de los afectados. Así, al menos en algún
nivel de mi razonamiento moral debo elegir el modo de actuar que tenga las mejo
res consecuencias, después de sopesarlo bien, para todos los afectados.17
Esta formulación de Singer se basa en un uso amplio del término intere
ses, que en su propuesta ética corresponde a lo que denomina preferencias: de
seos, proyectos, inclinaciones o necesidades cuya satisfacción o frustración
determina el bienestar de los individuos sintientes. Aquí se hace visible la es
pecificidad del utilitarismo de las preferencias frente al utilitarismo clásico:
lo moralmente relevante no es solamente el balance de placer y dolor, sino la
medida en que se satisfacen los intereses o las preferencias de los individuos
afectados. De este modo, el utilitarismo de las preferencias no se centra única
mente en experiencias subjetivas, sino en la realización efectiva de los fines y
proyectos que los agentes valoran. Para Singer, esta forma de utilitarismo cons
tituye una postura mínima pero fundamental, y es el resultado de extender ra
cionalmente el interés propio hacia una consideración universal e imparcial.
En relación con lo anterior, el principio de igual consideración de intereses es
tablece que, al momento de decidir cómo actuar, no debemos tomar en cuenta las
características particulares de los sujetos involucrados —como su género, color de
piel, capacidades físicas o intelectuales—, sino únicamente los intereses en juego.
Este principio funciona como una balanza ética que exige imparcialidad, lo que
impide que atribuyamos mayor peso al sufrimiento o bienestar de ciertos indivi
duos en función de prejuicios o discriminaciones arbitrarias.
Por ejemplo, si decidimos experimentar con animales para obtener bene
ficios médicos, el principio de igual consideración de intereses nos obligaría a
sopesar los intereses del animal —como el de no sufrir— con los de los huma
nos que potencialmente se beneficiarían del descubrimiento. Si el sufrimiento
infligido al animal es mayor que el beneficio que se espera obtener, entonces
la acción no estaría justificada moralmente. De igual manera, en una situa
17 Ibíd., 16.
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ción cotidiana, como decidir si usar productos elaborados con mano de obra in
fantil, este enfoque exigiría valorar los intereses de los niños explotados —como
el derecho a una infancia digna— por encima del interés trivial del consumidor
por obtener productos baratos.
En suma, el utilitarismo de las preferencias, sustentado en el principio de
igual consideración, busca construir un criterio moral imparcial que no dis
crimine con base en diferencias arbitrarias, sino que atienda por igual a todos
los intereses relevantes implicados en nuestras decisiones.
Una de las críticas más frecuentes a la propuesta ética de Peter Singer es
que, al sostenerse en el utilitarismo, no reconoce la existencia de acciones in
trínsecamente buenas o malas; su valor moral depende exclusivamente del
cálculo de consecuencias o de la satisfacción de preferencias. Esto significa
que una acción podría considerarse moralmente correcta si, en términos ge
nerales, genera un mayor balance positivo de bienestar, incluso si desde otras
perspectivas éticas —como la deontológica— resultaría inaceptable o moral
mente cuestionable.18
Por otro lado, el principio de igual consideración de intereses, aunque pre
tende actuar como un criterio de imparcialidad moral, no prescribe ninguna
acción específica ni ofrece orientación concreta sobre cómo resolver dilemas
éticos complejos. Su función se limita a exigir que todos los intereses relevan
tes sean tomados en cuenta en el cálculo moral, pero no establece jerarquías
entre ellos ni proporciona un criterio cualitativo para evaluar su peso. Por
ejemplo, si los intereses de un grupo poderoso se ven enfrentados a los de una
minoría oprimida, el principio no impide que la decisión favorezca al prime
ro, siempre que el resultado general sea una mayor satisfacción de preferen
cias. Esta neutralidad aparente puede conducir, en la práctica, a decisiones
que perpetúan formas estructurales de desigualdad o violencia, siempre que
dichas decisiones produzcan una ganancia neta de bienestar.
Por ello, si bien Singer sentó las bases del debate contemporáneo sobre la
consideración moral de los animales y colocó en la palestra de la ética animal
la categoría de especismo, diversos pensadores posteriores retomaron y amplia
ron su propuesta. Estos buscaban fundamentos éticos más robustos y menos
dependientes del cálculo de consecuencias o de las preferencias agregadas, sin
dejar de lado el término especismo, su crítica e intento de superación.
18 Tom Regan, Animal rights, human wrongs: An introduction to moral philosophy (Oxford: Rowman
and Littlefield Publishers, 2003); Martha Nussbaum, Las fronteras de la justicia: Consideraciones
sobre la exclusión (Barcelona: Paidós, 2007); Ursula Wolf, Ética de la relación entre humanos y ani
males (Madrid: Plaza y Valdés, 2014).
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Distintos horizontes éticos, una preocupación común: los
animales como sujetos morales
Tras la irrupción de Liberación animal, otras voces comenzaron a desarrollar
propuestas éticas en defensa de los animales, provenientes de diversas tradi
ciones filosóficas. Por ejemplo, con el propósito de superar la lógica del cálculo
que rige las acciones en el utilitarismo, el filósofo estadounidense Tom Regan
desarrolla una teoría de los derechos de los animales desde una perspectiva
deontológica. En lugar de sostener que el valor moral depende de las conse
cuencias, propone que ciertos individuos poseen un “valor inherente”, una re
conceptualización crítica del “valor absoluto” que en la ética kantiana estaba
reservado exclusivamente a los seres humanos.
Este valor inherente corresponde a quienes son sujetos-de-una-vida, es de
cir, individuos que tienen creencias, deseos, percepciones, memoria, y que son
capaces de experimentar dolor y placer. Según Regan, estos individuos tienen
derechos morales fundamentales, entre ellos, el derecho a no ser tratados me
ramente como medios para los fines de otros. Y hay suficientes razones para
afirmar que, al menos, muchos animales no humanos, en particular los ma
míferos y las aves, cumplen con estas condiciones. De ahí que “los actos son
correctos cuando las personas inherentemente valiosas son tratadas con res
peto, incorrectos cuando son tratados con falta de respeto”.19 Por lo tanto, se
deben prohibir todas las prácticas que violen este principio, como es el caso
del uso de animales en la investigación científica, una de las principales preo
cupaciones del autor.
En una línea distinta, Martha Nussbaum propone extender el enfoque de
las capacidades —originalmente formulado en el marco de la justicia social
humana— a los animales, pues sostiene que la justicia exige crear condicio
nes que permitan a cada especie desarrollar sus capacidades propias de forma
plena y digna. En su modelo, se reconoce que cada ser vivo posee un tipo de
florecimiento específico, por lo que no se trata solo de no dañarlos, sino de ga
rantizarles un entorno que les permita vivir de acuerdo con su naturaleza to
mando como base la norma de la especie a la que pertenecen.20
Por su parte, Sue Donaldson y Will Kymlicka introducen una propuesta in
novadora a partir de la teoría de la ciudadanía, en la que defienden derechos
relacionales y diferenciados para los animales, según el tipo de vínculo que
mantienen con las sociedades humanas. Distinguen entre animales domésti
cos (con quienes compartimos el espacio privado y que deberían ser considera
19 Regan, Animal rights, human wrongs, 68. La traducción de las citas al español es propia, a menos
que se mencione una versión traducida de la fuente en la bibliografía final.
20 Martha Nussbaum, Las fronteras de la justicia…
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24
dos ciudadanos), animales silvestres (a quienes se les debe reconocer soberanía
en sus hábitats naturales) y animales liminales (aquellos que cohabitan los en
tornos urbanos sin estar domesticados, como las palomas o los gatos calleje
ros), a quienes se les deben garantizar condiciones justas de convivencia.21
Desde otro ángulo, la filósofa francesa Corine Pelluchon plantea la inclusión
de los animales dentro de la comunidad política. Propone politizar la causa ani
malista mediante un enfoque que combine ética, ecología y democracia, con el
fin de que los intereses y las necesidades de los animales sean considerados en
la elaboración de las políticas públicas que organizan la vida en común. Su pro
puesta resalta la interdependencia entre seres humanos y no humanos, así co
mo el deber de construir instituciones sensibles a esta realidad.22
Oscar Horta, desde una postura centrada en el sufrimiento, sostiene que la
responsabilidad moral de los seres humanos no se limita a evitar el daño ha
cia los animales, sino que también incluye el deber de aliviar su sufrimiento.
Esto implica una crítica al llamado “dejar hacer” con respecto a los animales
silvestres, y plantea que cuando un ser vivo está sufriendo no existen razones
morales válidas para negarle ayuda, siempre que esté al alcance intervenir de
forma no perjudicial.23
En una postura más radical, Gary Francione se ha caracterizado por su re
chazo tajante al bienestarismo, al cual señala de perpetuar formas institucio
nalizadas de explotación animal. Desde su punto de vista, la única posición
éticamente coherente y no especista es el veganismo, entendido no solo como
una práctica dietética, sino como un compromiso moral y político frente a to
das las formas de uso instrumental de los animales.24
No obstante, los distintos horizontes éticos desde los cuales los autores re
flexionan sobre la manera en que debemos tratar a los animales, así como de
los deberes o derechos que cada uno de ellos fundamenta éticamente, en ge
neral, coinciden en que los malos tratos a los que están continuamente ex
puestos se deben al especismo.25 Pero ¿realmente tiene sentido afirmar que el
sometimiento de los animales, por ejemplo, en la producción pecuaria indus
trializada —que es una de las prácticas denunciadas por Singer en Liberación
animal— obedece a una falta de consideración moral basada en su pertenen
cia a otra especie?
21 Sue Donaldson y Will Kymlicka, Zoópolis: Una revolución animalista (Madrid: Errata Naturae, 2018).
22 Corine Pelluchon, Manifiesto animalista: Politizar la causa animal (Barcelona: Reservoir Books, 2018).
23 Oscar Horta, Un paso adelante en defensa de los animales.
24 Gary L. Francione y Anna Charlton, The animal rights: The abolitionist approach (Utah: Exempla
Press, 2015).
25 Regan, Animal rights, human wrongs; Francione y Charlton, The animal rights…; Donaldson y
Kymlicka, Zoópolis….
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Más allá del especismo: maltrato y daño
Si bien la categoría de especismo ha sido un término recurrente en la ética ani
mal para dar cuenta de los malos tratos que reciben los animales en distintos
ámbitos de la vida humana, no permite distinguir con claridad entre lo que
es imputable al individuo como agente moral y aquello que trasciende su res
ponsabilidad directa, pues remite a dimensiones estructurales y sistémicas.
En este sentido, se propone una distinción analítica entre las categorías de
maltrato y daño: mientras el maltrato remite a acciones intencionales, identifi
cables y directamente atribuibles a sujetos concretos, el daño permite señalar los
efectos que, sin depender de una voluntad individual, resultan del funciona
miento de estructuras económicas, políticas y culturales que subordinan sis
temáticamente la vida animal.26
Esta distinción desplaza el foco de la moral individual hacia los dispositi
vos históricos y sociales que producen, sostienen y legitiman la explotación
animal. No se trata únicamente de cuestionar las decisiones éticas del consu
midor o las prácticas crueles de ciertos individuos, sino de analizar cómo la
lógica del capital convierte los cuerpos de los animales en mercancía, al ins
cribirlos en circuitos de extracción, acumulación y desecho.
En este sentido, el daño, o bien el sufrimiento sistémico, permite comprender
cómo ciertas prácticas —como el confinamiento masivo de animales, la destruc
ción de hábitats, el uso extensivo de animales en la industria farmacéutica, la cría
intensiva o el comercio de especies— producen consecuencias sistemáticas y ge
neralizadas, aun cuando no siempre sean registradas como violentas. La normali
zación de estas prácticas invisibiliza su capacidad destructiva, al convertirlas en
externalidades funcionales a modo de producción vigente.
La categoría material de daño, entonces, apunta a las implicaciones sisté
micas que la forma social vigente tiene sobre los cuerpos no humanos. Si se
reconoce que el objetivo estructurante de la civilización capitalista es la maxi
mización de ganancias, se puede afirmar que la explotación y la cosificación de
seres vivos forman parte del funcionamiento regular del capital. Desde esta lógi
ca, la destrucción ecológica y el sometimiento animal no son aberraciones mo
rales, sino condiciones necesarias para la reproducción ampliada del capital.27
De la crítica ética a la crítica de la forma social
Frente a la reducción eticista del problema, se vuelve urgente recuperar una
crítica del capital entendido no simplemente como una economía de merca
26 Jatsive Minor, “Animales sacrificados, capitales acumulados”, Estudios Sociales Contemporáneos
n.o 29 (2023).
27 Ibíd.
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26
do, sino como un esquema civilizatorio basado en el intercambio generalizado
de mercancías. Esta forma de organización no se sustenta en la voluntad indi
vidual de los sujetos, sino en una lógica objetiva que convierte los productos
del trabajo en valores de cambio, es decir, en representaciones abstractas de
tiempo de trabajo socialmente necesario. En este régimen, las relaciones so
ciales entre personas se presentan como relaciones entre cosas, mientras que
las cosas (las mercancías) parecen tener una vida social propia. Esta inversión
—lo que Marx denomina el fetichismo de la mercancía— es el núcleo de una for
ma de vida regida por la mediación del valor.28
Retomando esta tradición crítica, Gerardo Ávalos Tenorio plantea que la for
ma-valor no solo organiza las relaciones económicas, sino que se impone como
un horizonte de sentido que configura tanto la constitución psíquica como la es
tructuración política de los sujetos en la modernidad. En otras palabras, se tra
ta del dominio de una abstracción real y efectiva que dicta imperativos a los
individuos, los cuales deben acatarse al margen de su voluntad. De acuerdo
con el capitalismo, esta lógica abstracta del valor no solo regula la produc
ción y el intercambio, sino que penetra en lo más íntimo de la subjetividad y
de la vida social, pues moldea comportamientos, deseos, fantasías y formas de
organización política. En sus propias palabras: “La forma-valor significa este
imperio de la abstracción real-efectiva que gobierna las acciones de los seres
humanos. El valor se valoriza, se crea a sí mismo y se reproduce de modo in
cesante, absorbiendo el trabajo social y distribuyendo una parte del producto
en la forma de dinero y con un monto variable de acuerdo con un gran núme
ro de factores”.29
En este sentido, el capital es entendido como un proceso metabólico contra
dictorio que articula la vida no solo de los seres humanos sino de la naturaleza en
general y, dentro de ella, de los animales no humanos.30 Ávalos sostiene que es
ta forma de civilización consiste en que las abstracciones alcanzan el estatuto de
realidad; es decir, no son meras fantasías encubridoras de la dominación, sino que
son las formas por las que transitan la explotación, la dominación y la exclusión.
28 Karl Marx, El capital: Tomo I; Crítica de la economía política (Ciudad de México: fce, 2014).
29 Gerardo Ávalos Tenorio, Ética y política en Karl Marx (Ciudad de México: uam, 2021), 130.
30 Sobre la discusión marxista contemporánea en torno a la destrucción ecológica desde el capi
talismo, véanse John Bellamy Foster, La ecología de Marx: Materialismo y naturaleza (Barcelona:
El Viejo Topo, 2000); James O'Connor, Causas naturales: Ensayos sobre marxismo ecológico (Ciudad
de México: Siglo xxi, 2001); Joel Kovel, El enemigo de la naturaleza: ¿El fin del capitalismo o el fin del
mundo? (Buenos Aires: Asociación Civil Cultural Tesis 11, 2005); Michael Löwy, Ecosocialismo: La
alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista (Buenos Aires: Herramienta / El Colectivo,
2011); Rob Wallace, Grandes granjas, grandes gripes: Agroindustria y enfermedades infecciosas (Ma
drid: Capitán Swing Libros, 2020); Kohei Saito, La naturaleza contra el capital: El ecosocialismo de
Karl Marx (Barcelona: Bellaterra Edicions, 2022).
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De esta manera, la civilización moderna capitalista se erige como una enti
dad simbólica e imaginaria dotada de un poder autónomo, cuya lógica se im
pone sobre los seres humanos concretos, así como sobre la naturaleza, y como
parte de ella, los animales no humanos. En este marco, la vida social no se or
ganiza a partir de relaciones directas entre sujetos con su entorno, sino que
está mediada por abstracciones impuestas por la forma. Esta mediación no
solo escinde a la población de la sociedad —al reducir a los individuos a meras
unidades funcionales del intercambio—, sino que también subsume a la natu
raleza y a los animales desde una racionalidad instrumental que los convierte
en recursos, mercancías o medios para la acumulación de capital. De este mo
do, tanto las relaciones entre humanos como las que los vinculan con el mun
do natural quedan determinadas por estructuras abstractas que se presentan
como externas, inevitables y ajenas a la voluntad de los sujetos.
Desde esta perspectiva, no es posible comprender el sometimiento de los
animales únicamente como una omisión ética, una falta de reconocimiento
moral o una desviación de la empatía. Lo que está en juego no es si conside
ramos moralmente a los animales, sino cómo sus cuerpos son absorbidos, di
sociados y funcionalizados por un régimen que requiere traducir la vida en
valor de cambio. Esto implica que los animales no son explotados porque se
les ignore moralmente, sino porque su explotación es necesaria para reprodu
cir la lógica del capital.
En este contexto, el daño animal no es contingente ni secundario, sino es
tructural y funcional: los cuerpos animales son descompuestos, reformulados
y puestos a circular como mercancías vivas o muertas en cadenas globales de
valor. El sistema no los ignora: los contabiliza, los optimiza, los regula, los pa
tenta, los transforma en activos bioproductivos. De ahí que la crítica ética del
especismo —en cualquiera de sus variantes, ya sea utilitarista, deontológica, de
las virtudes, o cualquier otra— resulte insuficiente para explicar las causas
profundas de la instrumentalización animal. Al permanecer en el terreno de
la discriminación subjetiva, pierde la capacidad de nombrar la totalidad de re
laciones sociales cosificadas que sustentan esta forma de explotación.
Marx había advertido que en el capitalismo no solo las relaciones sociales
se tornan como relaciones de cosas, sino que la vida misma se subordina a las
necesidades de la acumulación. Este proceso implica un fetichismo estructu
ral: las relaciones entre personas y naturaleza aparecen como propiedades in
trínsecas de las mercancías, con lo que se oculta la explotación material que
las sostiene. Por ello, una crítica radical del sometimiento animal debe ir más
allá de las categorías éticas, tales como reconocimiento, consideración o dere
chos, y centrarse en la lógica abstracta que subyace a la forma social vigente.
Solo mediante una crítica a la forma-valor —es decir, a la mediación estruc
A cincuenta años de Liberación animal / Anel Jatsive Mendoza Minor
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tural que convierte toda vida en equivalente económico y naturaliza las re
laciones sociales como cosas— es posible comprender por qué el sufrimiento
animal no es un accidente moral, sino una necesidad funcional del capital.31
Forma-valor y régimen civilizatorio de daño: el sometimiento
animal como condición estructural
Una crítica de la forma-valor exige nombrar al capital no simplemente como un
sistema económico, sino como una forma social totalizante que reconfigura la
vida en términos de valorización. En este marco, el daño que sufren los anima
les no puede entenderse como una suma de decisiones individuales ni como el
efecto de actitudes morales erradas. Se trata más bien de un resultado sistémi
co, generado por la estructura misma del proceso productivo, que opera trans
formando la vida en mercancía y el sufrimiento en externalidad funcional.
Desde esta perspectiva, la categoría daño no remite a fenómenos aisla
dos, sino a modos normalizados de operar del capital sobre los cuerpos vi
vos. No son actos excepcionales, sino rutinas institucionalizadas; las prácticas
de confinamiento, la mutilación sin anestesia, la alimentación forzada o la
explotación reproductiva son estructuradas técnicamente por protocolos de
producción y logística. Es así como el sufrimiento se vuelve tolerable, gestio
nable o incluso rentable. Por consiguiente, el daño apunta a la forma en que
el sistema incorpora el sufrimiento como un costo necesario para producir va
lor: la muerte prematura, la esterilización masiva y el descarte sistemático
de animales no aptos son tratados como componentes operativos del modelo
económico, no solo como dilemas éticos y experimentos mentales.
En este punto es posible precisar el límite de la propuesta de Singer y del
utilitarismo de las preferencias. Aunque su principio de igual consideración
de intereses amplía el marco moral más allá de la especie humana, permane
ce anclado a una lógica de evaluación individual de acciones y consecuencias.
Desde su enfoque, el problema central es que los intereses de los animales
31 Diversos autores han mostrado que la situación contemporánea de los animales —especialmente
aquellos cuya biología ha sido moldeada para ajustarse a los estándares de la productividad de la
agroindustria, así como aquellos desplazados por la destrucción acelerada de los ecosistemas—
no puede entenderse sin atender a la lógica expansiva del capital. Por ejemplo, Rob Wallace ha
documentado cómo la agroindustria intensiva produce formas extremas de vulnerabilidad bi
ológica y zoonótica, como resultado directo de la maximización de la rentabilidad. Y Joel Kovel
ha señalado que el capitalismo convierte toda vida en un recurso explotable. Michael Löwy ad
vierte que la devastación de la naturaleza —y con ella, la expulsión y la muerte de especies en
teras— es inherente a la lógica del valor de cambio. Estas lecturas nos permiten plantear que los
animales no son dañados por prejuicios morales, sino porque el capital los integra funcionalmente
como fuerza productiva, materia orgánica o espacio a colonizar. Véase: Rob Wallace, Grandes gran
jas, grandes gripes…; Joel Kovel, El enemigo de la naturaleza…; Michael Löwy, Ecosocialismo…
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no son debidamente ponderados en las decisiones humanas; por ello, la solu
ción pasa por corregir sesgos morales, ajustar preferencias y adoptar prácticas
compasivas o menos dañinas. Lo que esta perspectiva no alcanza a nombrar
es la dimensión estructural del daño: incluso si los individuos actuaran con
forme al principio de igual consideración de intereses, el sistema seguiría pro
duciendo sufrimiento animal como una necesidad funcional.
En este sentido, la crítica aquí desarrollada desborda el horizonte de la compa
sión, el veganismo como elección de consumo o la reforma legal aislada. Lo que se
denuncia no es únicamente el acto de hacer sufrir a los animales, sino el conjunto
de condiciones estructurales que hacen posible, racional y rentable ese sufrimien
to. La crítica se orienta, entonces, hacia las condiciones de posibilidad del someti
miento animal, las cuales están ancladas en la lógica misma de valorización que
organiza la vida bajo el capital.
Lo que está en juego no es mejorar el trato hacia los animales desde un enfoque
moral, sino cuestionar la forma de vida que convierte toda relación con lo vivo en
una relación de dominación, extracción y valorización. Este giro implica rehusarse
a moralizar el capital, como si pudiera volverse ético, y apostar por su transforma
ción radical. Una ética con capacidad crítica no puede fundarse en la sensibilidad
ni en la voluntad de los agentes individuales, sino en una lectura de las mediacio
nes sociales, políticas y económicas que producen el sufrimiento como mercancía.
Así, la crítica de la forma-valor no se limita a “dar voz” a los animales, sino
que revela que su silenciamiento, su uso y su destrucción son formas organiza
das por el modo de producción vigente, y que enfrentarlo implica también interro
gar la producción de cuerpos desechables, la política alimentaria global, el modelo
agroindustrial y las formas institucionalizadas de acumulación biopolítica. Solo
una ética articulada en torno a la transformación de estas condiciones puede as
pirar a desarmar el régimen de daño, y no simplemente a gestionarlo moralmente.
El concepto forma-valor “expresa sintéticamente el tipo de relación social
que articula la totalidad de la sociedad en la actual fase civilizatoria. No es
el Antropoceno, sino, en lo fundamental, el modo de producción capitalista
de siempre lo que constituye la esencia de la forma de vida actual”.32 La for
ma-valor es el fundamento de la existencia política de la sociedad contem
poránea, es decir, que estructura las formas de vida, moldea los imaginarios,
configura las relaciones sociales y da forma a las instituciones. Desde este en
foque, no estamos ante una falla ética corregible por decisiones individuales,
32 Gerardo Ávalos Tenorio, “La lógica del Estado”, en La lógica del Estado en condiciones históricas tur
bulentas: Brasil y México en la mira, coord. por Gerardo Ávalos Tenorio y Áquilas Mendes (Ciudad
de México: uam, 2024), 62.
A cincuenta años de Liberación animal / Anel Jatsive Mendoza Minor
30
sino ante un proceso histórico y estructural que convierte la vida en portado
ra de valor de cambio.
Lo anterior se manifiesta en múltiples dimensiones de la vida animal des
de el capital. La modificación genética para lograr animales más “eficientes”
(más carne en menos tiempo), el uso de hormonas de crecimiento, la elimina
ción sistemática de animales “no productivos” (como los pollitos machos en la
industria avícola), o la segmentación industrial del cuerpo (pierna, lomo, vís
ceras) son procesos que no responden a la ignorancia sobre la sintiencia, sino
al imperativo de maximizar la acumulación de signos de valor que funcionan
como poder de disposición no solamente del trabajo ajeno, también de la na
turaleza en general. El animal, en este contexto, no vale porque siente, sino
porque rinde y cuando deja de rendir, se desecha.
El sufrimiento, entonces, no es colateral, sino funcional. Y al ser funcional,
se invisibiliza, se automatiza y se regula jurídicamente como parte del pro
ceso productivo. El matadero, la granja industrial, el laboratorio, las fábricas
de cachorros son tecnologías institucionalizadas de extracción de valor que
transforman a los animales en infraestructura económica. Este régimen de
producción se basa en el daño sistémico, una noción que permite desplazar la
crítica de la intención individual a las formas de agencia colectiva y a las es
tructuras de poder que organizan el modo de producción capitalista.
Este planteamiento obliga a repensar también la respuesta política. No se
trata de generar nuevas formas de inclusión moral de los animales por medio
de derechos, protección o reconocimiento, sino de cuestionar el conjunto de
relaciones sociales que hacen del sometimiento animal una necesidad estruc
tural del capital. Ello implica confrontar la división social del trabajo, los regí
menes alimentarios globales, la agricultura industrial, la biopolítica de la cría
y el sacrificio, así como las cadenas globales de valor que se sostienen en cuer
pos animalizados humanos y no humanos.
Por ello, la crítica no puede descansar únicamente en exhortaciones éti
cas o reformas normativas. Lo que se requiere es una crítica de la forma de
vida capitalista, de su compulsión a producir valor sin límite, y de su capaci
dad para absorber, transformar y desechar toda forma viviente que no sea útil
a su lógica. Solo desde una posición que articule el daño animal con las con
diciones históricas y estructurales de producción puede emerger una crítica
emancipadora que no quede atrapada en la moral individual ni en la lógica de
la mercancía ética.
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Reflexiones finales
El presente trabajo ha partido de una revisión crítica de la propuesta ética for
mulada por Peter Singer en Liberación animal, pues destaca sus aportaciones al
reconocimiento moral de los animales no humanos, pero también señala sus
limitaciones ante las condiciones estructurales que configuran el sufrimien
to animal en las sociedades contemporáneas. La categoría de especismo resul
ta insuficiente para explicar la inserción sistemática de los cuerpos animales
en los circuitos de valorización capitalista. Al reducir la cuestión al plano de la
discriminación moral, se invisibiliza el carácter estructural del daño que sufren
los animales, así como su papel funcional dentro del régimen de acumulación.
En este contexto, la recuperación de la crítica de la forma-valor permite
desplazar la discusión de la mera consideración moral de los animales hacia un
análisis de las condiciones tanto históricas como sociales que permiten y re
producen su sometimiento. La forma-valor no es solo una categoría económica,
sino un estilo de organización metabólica que abstrae, cosifica y subordina to
das las formas de vida a la lógica del intercambio. En este marco, los animales
no son víctimas del prejuicio, sino mercancías producidas, gestionadas y elimi
nadas conforme a los imperativos de rentabilidad, eficiencia y productividad.
Para dar cuenta de esta complejidad, se ha propuesto la categoría daño que
permite pensar el sufrimiento animal como resultado de relaciones estructu
rales de poder y no solo como desviaciones morales. El concepto de daño remi
te a las consecuencias sistémicas del modo de producción sobre los cuerpos no
humanos. Esta categoría resulta clave para evidenciar que el sufrimiento ani
mal está inscrito en la forma social del capital, que lo necesita, lo produce y lo
reproduce como parte de su funcionamiento ordinario.
En suma, una ética crítica contemporánea no puede conformarse con apelar
a la sensibilidad individual ni con denunciar la discriminación por especie. Es
necesario interrogar las formas históricas de organización social que hacen po
sible la instrumentalización sistemática de la vida animal. Solo desde una críti
ca profunda a la forma-valor puede abrirse el horizonte de una transformación
radical que no se limite a exigir un trato más “justo” para los animales, sino que
cuestione las condiciones mismas que los convierten en mercancías. Cualquier
ética animal que aspire a ser emancipatoria deberá, en consecuencia, articular
se con una crítica del capital.
A cincuenta años de Liberación animal / Anel Jatsive Mendoza Minor
32
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“La lógica del Estado”. En La lógica del Estado en condiciones históricas tur
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